martes, 3 de marzo de 2009

QUE NO QUEDE EN PICADA / NON SOLO ANTIPASTI

Strogonoff aéreo
by Daniela Kodenczyk & Juan Christmann

Muchos dicen que la comida de avión no merece el título de comida, que soló es una excusa para engañar el estomago durante el vuelo. Que hasta la cantidad es poca a propósito, porque nadie comería más que lo que cabe en esa bandejita.
Puede que tengan razón, pero los que dicen eso, jamás probaron el pollo al strogonoff de Atlantic Intertational.
Esta línea aérea comenzó, como su nombre lo indica, conectando ciudades de uno y otro lado del Océano Atlántico. Tiempo despúes, el mundo globalizado se encargo de que Atlantic International haga vuelos por encima del resto de los océanos. Con un mínimo de nueve horas de viaje, estaba garantizada una comida, ya sea almuerzo o cena. Y por cada almuerzo o cena, existía una posibilidad de recibir una porción de pollo a la strogonoff.

Se dice que el éxito de esta empresa aérea multinacional se debe, en gran medida, a unos simples trozos de pollo envueltos en una salsa suculenta.
En lugar de la típica pregunta: ¿Qué se va a servir? ¿Pollo o pastas? Las azafatas pasaban levantando pedidos preguntando: ¿Pata o muslo?
Por esta época fue que Jaqueline Vouguen comenzó a trabajar como asistente a bordo.
Siempre impecable, con su traje color caqui y su sonrisa llena de dientes. Parecía una gazela gesticulando dónde quedaban las salidas de emergencia. Con la dulzura de una chica de unos veintipocos años, recien cumplidos.
El momento de la comida era su preferido por dos cosas: porque la gente le agradecía y la felicitaba como si el pollo hubiera sido fruto de sus propias manos. Al principio, su reacción era explicar que ella no tenía nada que ver, que en todo caso, ella se iba a encargar de comunicar el halago a la cocinera.
Pero con el tiempo, cambió las explicaciones por agradecimientos y se hizo cargo completamente de todos los créditos. Al fin y al cabo de alguna u otra manera, era ella la fuente de donde provenía tan preciado manjar.
La segunda causa por la cual el momento de la comida era el mejor del viaje, era básico y simple. Después de servir a todos los pasajeros, es el momento de comer para los tripulantes. Los compañeros de vuelo de Jaqueline iban cambiando, las charlas también. Algunas eran más divertidas, otras simplemente se trataban sobre en cuántas ciudades había estado cada uno. Charla que para Jaqueline, era una competencia absurda enmascarada de cordialidad. Nadie quería saber en realidad donde había estado el otro, sino ver donde no había estado, para entrar con el comentario:
-“¿Cómo?, ¿no fuiste a Bangladesh? no te lo puedo creer. Si no fuiste a Bangladesh, no viste nada. Allá es otra cultura, otros valores y se come de bien!”
Cada vez que escuchaba estas frases, ella pensaba: - “Esta se hace mucho la viajera y apuesto que no salió del aeropuerto y la comida de la que tanto habla, seguro venía en bandeja y con el logo de Atlantic International.”
De todas maneras, ninguna charla era mala, mientras hubiera pollo al strogonoff de por medio. Jaqueline disfrutaba mucho el aroma, la espesura de la salsa, el punto jugoso del pollo.
Con tanta cantidad de vuelos y destinos, es moneda corriente en este tipo de rubro que entre los tripulantes aéreos se pidan favores. Se cubran unos a otros, algo asi como: hoy voy a Madrid por vos y mañana vas a Hamburgo por mi.
Habitualmente, la persona interesada en cambiar de destino, lo hace para ir a uno más exótico, o uno donde tiene algún amante o amigo para ir a visitar.
En el caso de Jaqueline, si tenía que elegir entre, Tokio o Sidney, elegía el vuelo que venía con pollo.

Así fue que de Paris voló a Bruselas, de Bruselas a Florida, de Florida a San Francisco, de San Francisco a Hawai y de Hawai a Seul, de Seul a Mumbai, Mumbai a Estambul y de Estambul a Paris. Siempre siguiendo la ruta del pollo. Quien conoce la historia de Jaqueline Vouguen, piensa que es una persona cerrada a probar nuevas cosas. Lo que no saben, es que en cada destino, Jaqueline iba en búsqueda de un plato que supere en su podio personal al pollo al strogonoff.
Le dio chances a los mejillones de Bruselas, cenó kim chee en uno de los mejores restaurantes coreanos en Seul y también se dejó tentar por el Khorma en Mumbai. Pero ninguno como de estos superaba al pollo degustado a treinta mil pies de altura.
Cuando terminó de dar la vuelta, se dió cuenta que entre vuelo y vuelo fue ganando horas y al final del viaje había ganado todo un día. Un día de vida. Tal como en el cuento del viaje en globo. Esto le causo gracia y comenzó a hacerlo como rutina. Repitió ese itinerario semanalmente durante meses. Siempre hacia el Oeste, siempre ganando horas y siempre disfrutando de su pollo al strogonoff.
Al año y medio habia ganado un mes. Y así siguió, buscando vuelo cada vez más largos, sin escalas, casi en linea recta. Mientras menos conexiones, más rápido
estaría ganando horas.
Los vuelos largos e incomodos que nadie quería, eran los preferidos por Jaqueline.
Asi fue que modificó su ruta para viajar de Paris a New York, de New York a Seattle, de Seattle a Tokio y de Tokio a Paris.
Cada vez que volvía a Paris sentía que volvía a casa y allí se quedaba una semana.
Pasaron los años y su colección de horas, días y meses llegó a veintitres meses, quince días y ocho horas. Casi dos años de vida ganados. Dos años. Esto la
estimulaba cada vez más.
Es sabido que en la profesión de los asistentes aéreos, la juventud es casi un requisito. Nunca nadie vió una asafata vieja.
Este último pensamiento repicaba en la cabeza de Jaqueline. Cada vez que estaba en tierra, sentía como su cuerpo envejecía segundo a segundo. Porque no
estaba viajando hacia el Oeste, porque no estaba ganando horas, porque estaba perdiendo el tiempo. Su carrera contra el tiempo era diferente a la de las demás mujeres, ella no necesitaba de cremas antiarrugas, ni pilates, ni liftings, ella sólo necesitaba volar.
Así fue que un día, exactamente un quince de Septiembre, decidió tomar una medida drástica: Paris-Vancouver, Vancouver-Shangai, Shangai-Paris. Sin escalas, sin demoras. Tres vuelos, de ocho horas cada uno, seguidos, siempre ganando horas, siempre hacia el Oeste. Llegó a Paris en lo que tarda un día y había ganado casi la misma cantidad de horas. El tiempo no pasó, al menos para ella. Siguió siendo quince de Septiembre, al menos para ella.
Ese quince de Septiembre, que para el resto del mundo era dieciseis, Jaqueline Vouguen descubrió que para ser azafata, sólo se tendía que mantenerse joven y para mantenerse joven, solo tendría que seguir siendo azafata.
Ella continúa trabajando en Atlantic Intertational, viajando de Paris a Vancouver, de Vancouver a Tokio y de Tokio a Paris. Siempre impecable, con su traje color caqui y su sonrisa llena de dientes. Pareciendo una gazela gesticulando dónde quedaban las salidas de emergencia. Con la dulcura de una chica de unos veintipocos años, recien cumplidos.
Y siempre esperando con ansias el momento de la comida, para disfrutar su pollo a la strogonoff.


Tanti dicono che il cibo degli aerei non merita il titolo di cibo, che è solo una scusa per ingannare lo stomaco durante il volo. Che anche la quantità è poca apposta, perchè nessuno mangiarebbe di più di quello che entra nel piattino.
Può darsi che sia vero, ma quelli che dicono questo, mai hanno assaggiato il pollo allo strogonoff dell'Atlantic International.
Questa linea aerea ha cominciato, come indica il suo nome, collegando città di uno e dell'altro lato dell' Oceano Atlantico. Dopo un pò, il mondo globalizzato ha fatto sì che l'Atlantic international volasse sopra tutti gli altri oceani. Con un minimo di nove ore di volo era garantito un pasto, pranzo o cena. E per ogni pranzo o cena, esisteva la possibilità di ricevere una porzione di pollo alla strogonoff.

Dicono che il successo di questa impresa aerea multinazionale sia, in grande misura, dovuta a dei semplice bocconcini di pollo involti in un sugo succulento.
Invece della tipica domanda "Cosa vuole? Pollo o pasta?" il personale a bordo prende le richieste chiedendo "Coscia o sopraccoscia?"
In quel periodo Jaqueline Vouguen ha cominciato a lavorare come assistente di volo.
Sempre impeccabile, con il suo vestito color cachi e il suo sorriso a 32 denti. Sembrava una gazzella che gesticolava dove era l'uscita di emergenza. Con la sua dolcezza tipica di una ragazza di venti... anni, appena compiuti.
Il momento di mangiare era il suo preferito per 2 motivi: perchè la gente la ringraziava e le faceva complimenti come se il pollo fosse stato fatto dalle sue
stesse mani. I primi tempi la sua reazione era spiegare che lei non aveva niente a che vedere con la cucina, che nel migliore dei casi, lei avrebbe comunicato i complimenti alla cuoca. Ma col tempo, ha cambiato le spiegazioni in ringrazamenti e si faceva carico completamente di tutti i crediti. Alla fine in un modo o in un altro, era lei la fonte da dove provineva tanto cibo pregiato.
La seconda ragione per la quale il momento del cibo era il migliore del viaggio, era basico e semplice. Dopo aver servito tutti i passaggeri, è il momento di mangiare per l'equipaggio. I compagni di volo di Jaqueline cambiavano, le chiacchere anche. Alcune erano divertenti, in altre occasioni semplicemente si parlava della quantità di posti in cui ognuno di loro era stato. Chiacchere che per Jaqueline erano una concorrenza assurda nascosta dalla cordialità. Nessuno voleva sapere in realtà dove
era stato l'altro, ma sapere dove non era stato, per entrare con il commento:

-"Come? Non sei stato a Bangladesh? Non ci posso credere. Se non sei stato a Bangladesh, non hai visto niente. Li è un altra cultura, altri valori e si mangia benissimo!"
Ogni volta che sentiva queste frasi, lei pensava: -"Questa fa tanto la viaggiatrice e sicuramente non è uscita dall'aeroporto e il cibo di cui tanto parla sicuramente veniva in vassoio e col logo di Atlantic International."
Comunque, nessuna chiacchera era male, mentre ci stava il pollo allo strogonoff in mezzo. Jaqueline godeva molto dell'aroma, lo spessore del sugo, il punto giusto del pollo.
Con tanta quantità di voli e destini, è moneta corrente in questo tipo di lavoro che tra l'equipaggio aereo si fanno favori, si nascondano gli uni con gli altri, qualcosa così comune come: oggi vado a Madrid per te e domani vai ad Amburgo per me.
Abitualmente, la persona interessata a cambiare destinazione, lo fa per andare in uno più esotico, o perchè ha un amante o amico da visitare.
Nel caso di Jaqueline se doveva scegliere tra Tokio e Sidney, sceglieva il volo dove veniva servito il pollo.


Ha provato le cosce di Bruselle, ha cenato lim chee in uno dei migliori ristoranti coreani di Seul e si è anche lasciata tentare dal khorma in Mumbai. Ma nessuno superava il pollo assaggiato a trentamila piedi di altezza.
Quando aveva finito di fare il giro, aveva capito che tra un volo e l'altro aveva guadagnato ore e alla fine del viaggio aveva guadagnato tutto un giorno. Un giorno
di vita. Sempre direzione ovest, sempre guadagnando ore e sempre godendo del suo pollo al strogonoff.
Dopo un anno e mezzo aveva guadagnato un mese. E così ha continuato, cercando voli ogni volta più lunghi, senza scali, quasi in linea diretta, con meno coincidenze, più veloci da guadagnare delle ore.

I voli lunghi e scomodi che nessuno voleva erano i preferiti per Jaqueline.

Così che ha modificato la strada per viaggiare da Parigi a New York, da New York a Seattle, da Seattle a Tokio e da Tokio a Parigi.
Ogni volta che tornava a Parigi sentiva che tornava a casa e lì rimaneva una settimana.
Dopo anni, la sua collezione di ore, giorni e mesi arrivavano a ventitre mesi, quindici giorni e otto ore. Quasi due anni di vita guadagnati. Due anni.
Questo la stimolava ogni volta di più.
E' risaputo che nella professione degli assistenti di volo, la gioventù è quasi un requisito. Mai nessuno ha visto una assistente vecchia.
Questo ultimo pensiero stava nella testa di Jaqueline. Ogni volta che stava a terra sentiva che il suo corpo invecchiava secondo dopo secondo, perchè non stava
viaggiando direzione ovest, perchè non stava guadagnando ore, perchè stava perdendo tempo. La sua carriera contro il tempo era differente da quella delle altre donne, lei non aveva bisogno di creme antiage, nè pilates, nè liftings, lei aveva bisogno solo di viaggiare.
Così venne il giorno, esatamente un quindice di settembre,che ha deciso di prendere una decisione drastica: Parigi-Vancouver, Vancouver-Shangai, Shangai-Parigi.
Senza fermarsi, senza dimore. Tre voli, di otto ore ognuno, di seguito, sempre guadagnando ore, sempre verso ovest. E' arrivata a Parigi in un giorno e aveva
guadagnato quasi la stessa quantità di ore. Il tempo non era passato, almeno per lei. Segueva esssendo il quindici Settembre, almeno per lei.
Quel quindici di Settembre, che per tutto il resto del mondo era sedici, Jaqueline aveva scoperto che per essere hostess, solo doveva essere giovane e per essere giovane, solo doveva solo continuare ad essere hostess.
Lei continuava lavorando in Atlantic International, viaggiando da Parigi a Vancouver, da Vancouver a Tokio e da Tokio a Parigi. Sempre perfetta, con il suo
vestito color cachi e il suo sorriso a 32 denti. Sembrando una gazzella che gesticola dove sono le uscite di emergenza. Con la dolcezza di una ragazza di venti...anni, appena compiuti.
E sempre aspettando con ansia il momento di mangiare, per godersi il suo pollo alla strogonoff.


Blog de Juan Christmann & Daniela Kodenczyk : http://quelacosanoquedeenpicada.blogspot.com

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